domingo, 26 de octubre de 2014
De la virtud al caos.
La sala Réplika Teatro, escuela de interpretación, escenifica estos días, bajo la atenta y oportuna dirección del maestro Jaroslaw Bielski, el excelente texto El Profe (1994), original de Jean-Pierre Dopagne, y en una suculenta versión / adaptación de Fernando Gómez Grande.
El Profe es un canto elegíaco al oficio de enseñante. Un generoso y retador monólogo de algo más de hora y cuarto, donde un profesor veterano de Literatura –condenado tras una fechoría por el Estado francés a representarse a sí mismo en los teatros del país—desgrana los entresijos y desesperaciones de una profesión infravalorada, en constante cambio (a peor) y en la que no es posible ni la promoción, ni la remuneración digna, ni el reconocimiento y homenaje al esfuerzo.
No tienen perdón de Dios.
La Fundación Canal presenta estos días, y hasta el 5 de enero de 2015, en su sede de Mateo Inurria 2 (Madrid), una exposición imprescindible: Caminos a la escuela. 18 historias de superación. Antesala de un próximo largometraje documental, que se estrenará en diciembre de este año, es sencillamente ineludible si queremos despertar al mundo, a menudo terrible, en que vivimos. Porque mientras en el Primer Mundo se puede decir que aún vivimos, en muchos otros lugares de la Tierra, solo sobreviven.
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martes, 25 de junio de 2013
Saber enseñar.
Dos de las condiciones indispensables para poder dedicarse con bien a la enseñanza son la vocación y saber enseñar. Si uno no tiene vocación de "maestro", no puede llegar al alma de sus discípulos. No acertará a comunicar con ellos, a sentirles próximos. Por otra parte, uno puede ser un sabio --como lo era, por ejemplo, nuestro gran Nobel Ramón y Cajal-- y sin embargo, no saber cómo transmitir adecuadamente esos conocimientos. Se puede valer para la investigación, pero no ser un buen maestro. El maestro es el que además de adoctrinar, guía a sus pupilos, y aun cuando adoctrina observa y aprende de ellos, pues lo maravilloso de toda enseñanza es que se convierta en un acto de comunicación entre quien ya sabe, pero quiere seguir aprendiendo, y quien quiere saber.
El maestro no nace, se hace. Se autogenera de niño viendo y escuchando a los buenos maestros, aprendiendo de su técnica y de su habilidad para captar la atención y para despertar el interés y la curiosidad de un grupo de alumnos. Una vez el adulto ha decidido dedicarse a la educación, tiene, por supuesto, que continuar formándose, a través de la experiencia, de testar lo que funciona o no en las aulas. Y apunto "aulas", en plural, y no en singular, porque ningún método, ningún procedimiento es infalible: lo que con una clase resulta efectivo, con otra puede no serlo. Lo que un año funciona, otro no. Y hay que cambiar de táctica, renovar la utilería. Uno puede continuar con las variaciones hasta que se vuelve viejo y pronto a jubilarse. Dentro se llevan los conocimientos --esos que se exigen para aprobar una oposición--, pero siempre hay que ver la manera de adaptarlos a los tiempos y situaciones de los niños. Quien no esté dispuesto a afrontar esta labor --ardua y a veces cansina--, no puede dedicar una vida entera a la enseñanza. Ni el más maravilloso y experto de los enseñantes tiene la panacea para todo. Educar es un reto constante, y una incertidumbre que no se supera ni en el caso de recibir la felicitación de varios estudiantes, o el cariñoso recuerdo de quienes pasaron por las aulas.
Por eso, solo tiene razón hasta cierto punto esta docente jubilada que escribe esta carta. Yo no apostaría mucho por los jóvenes sin vocación ni sin conocimientos que llegan a la enseñanza como Poncio Pilato en el Credo. Los advenedizos solo se llevan la mejor parte en ocasiones. Sí la tiene al establecer que "para ser bueno en este oficio lo indispensable es la responsabilidad y la autocrítica". No puede ejercer bien ninguna profesión ni ningún arte quien no se muestra responsable en ello. Pero tampoco es buen profesional aquel que no se autoevalúa, o que no escucha las críticas constructivas de los demás (colegas, discípulos), porque nunca cambiará su forma tal vez equivocada de hacer las cosas. Continuará tropezando en la misma piedra, no siendo malecón que contenga la furia del oleaje, ni brava rompiente Jimena del mar. Al maestro solo le queda poner toda su fe en enseñar mientras va aprendiendo, sorprendiéndose.
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sábado, 8 de junio de 2013
Sobre Educación y Cultura.
Antonio Ángel Usábel, Esperanza Aguirre, Luis María Ansón, Fernando García de Cortázar, Arturo Pérez-Reverte, Juan Manuel de Prada, Olegario González de Cardedal, y otros autores, reflexionan sobre aspectos relacionados con la Educación y la Cultura en nuestra España de hoy.
Selección de artículos.
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viernes, 26 de abril de 2013
Una paciencia infinita.
El 31 de octubre de 2012 se estrenó en España una interesante producción Golem / Paper Street Films que pasó desapercibida: El profesor (Tony Kaye, 2011). Su título original es Detachment, que podemos traducir como ‘indiferencia’, ya que al comienzo de la película se introduce una cita de Albert Camus que apunta hacia ese significado: “Jamás había sentido a la vez tal profunda indiferencia de mí mismo y mi presencia en el mundo”. Eso es lo que siente Henry Barthes (Adrien Brody), un profesor interino que nunca permanece en ningún centro en particular. Cuando conoce la escuela y a sus alumnos, se marcha, va a otro sitio, y vuelta a empezar en este interminable proceso de Sísifo en que se ha convertido ser enseñante. No es, ciertamente, una huida; es la búsqueda de otra realidad más complaciente.
El filme del londinense Tony Kaye –responsable también de American History X (1998)—incide sobre
todo en la realidad oculta de los laberintos del ser. Cada uno de esos docentes
oculta y sobrelleva su drama personal, su desestabilización, a menudo provocada
por las fuertes tensiones que tienen que vivir en su trabajo. El profesor nos habla de un sistema que
se ha derrumbado hace tiempo, como la famosa Casa Usher de Poe, ante el
abandono e indiferencia de la sociedad. La mala educación que se trasluce en el
filme no es sino proyección de una descomposición general de una ética y unos
valores, que antaño permitían construir sobre roca. Ahora de ello no queda
nada, por lo menos entre las clases bajas más castigadas. La cultura, el
interés por aprender y formarse, se va diluyendo piramidalmente, hasta casi no
quedar resto cuando toca la base. Si los jóvenes no sienten hoy predisposición
hacia unos valores culturales que se les hacen áridos y no les seducen, es en
parte porque el colectivo en que viven no los promociona lo suficiente. No ven
esos códigos a su alrededor, no oyen que abran puertas ni una esperanza de
futuro. Al contrario, quien se esfuerza por aprenderlos bien, no tiene
asegurado un puesto laboral. La economía de mercado no gestiona la contratación
de un experto en manuscritos, ni en las obras de Shakespeare, y le importa un
rábano quién descubrió las ruinas de Troya o de Pompeya. Eso no da dinero. En
la vida solo cuenta ser un tipo listo, que no es igual que inteligente. El
listo se acomoda a lo que venga, a la supervivencia, y a veces rebasa al
empollón, cuyas horas de estudio agonizan en una biblioteca o en un cuarto lúgubre
y soso.
Es así que esta sociedad
despreocupada envía como una fuerza de choque a quienes se atreven a enseñar.
Algunos, llegados a la docencia circunstancialmente, de casualidad, y en ella
se quedaron, y murieron. Desde luego, si no se tiene vocación, se arde pronto,
y aun teniéndola, se exige más paciencia y templanza que el santo Job. Estas
cualidades son las que ha desarrollado el Sr. Barthes, protagonista del filme
de Kaye: de nada sirve enfrentarse a un grupo de vándalos a los que tienes que
soportar estoicamente día tras día, mes tras mes. Se necesita, además de “mano
izquierda”, capacidad de aguante, de resistencia moral: que te resbalen los
insultos, los motes, los comentarios fuera de tono y lugar, dichos en tu cara.
Hay que entrar en el aula vistiendo un impermeable, hasta que los cabecillas
rebeldes se cansen y se serenen un poco. Que vean que no pueden con uno, y que
el profesor, en vez de responder a las agresiones verbales y malos gestos con
otros parecidos, establece un diálogo y tiende su mano. El profesor no es el
enemigo, sino el aliado, en la medida en que no está allí para confraternizar
en familia, sino para ayudar profesionalmente, para asistir al que lo necesita.
Lo importante es dejarse ayudar, y algunos chicos suelen responder bien cuando
sienten que no se les devuelve el golpe. Profesor y alumno rebelde deben darse
una oportunidad mutua.
Una vez que se llega a cierto
entendimiento –pese a no poder nunca bajar la guardia—, que se puede contar con
una tregua, ya que no con el soñado armisticio, hay que trabajar con el grupo.
Como dice un colega mío –y dice bien--, antes el profesor era el que marcaba el
ritmo de trabajo; ahora son ellos quienes lo marcan. La batuta directora ha
cambiado de mano. La administración educativa suele pedir a los profesores que
acomoden el nivel de las enseñanzas a la idiosincrasia de sus alumnos. La
“atención a la diversidad” –hacia aquellos que querían pero no podían—ha pasado
a ser “claudicación a la generalidad”, donde se opera bajo mínimos. Por lo
menos, en una escuela pública como la de la película. La administración intenta
que la nave no se hunda aunque haga aguas por todo el casco. Hay que seguir sin
fuerza motora, sin velas incluso, a puros bíceps, bogando. Se tiene que guardar
a los chicos en el redil, y al mismo tiempo justificar unas calificaciones,
refracción de un bagaje ficticio.
El guion de Carl Lund introduce una mordaz secuencia donde un empresario
especializado en la venta de material pedagógico reúne al equipo docente en el
salón de actos. No se crean que su método busca formar mejores personas, no. Lo
que le importa es que mejore la depauperada fama del instituto para que se
corra la voz y se revaloricen las manzanas de casas aledañas a la escuela. Si
aumenta el nivel, vendrán más familias, y las viviendas subirán su precio al
crecer también la demanda para ocuparlas. Así funciona el mercado: como un
gancho de matarife o una guadañeta.
A los alumnos díscolos se les
puede desactivar de dos maneras sin echarlos del aula: con la templanza, entendida
esta como ‘moderación’ y ‘continencia’, demostrada por el Sr. Barthes en su
presentación a la clase; o como un artificiero, neutralizando el explosivo, que
es la táctica humorística escogida por otro educador, el Sr. Charles Seaboldt,
cuando ladra cual perro que le ladra a él, hasta desconcertar al animal. Veamos
estas dos formas tácticas de demostrar empatía:
Como comprobamos, Barthes aguanta
invectivas contra él, pero no tolera las agresiones contra compañeros de clase.
Inmediatamente expulsa al chico que insulta a otra alumna. Y que se vaya donde
quiera este elemento. O que no vuelva.
Decíamos al principio que El profesor muestra el interior del
infierno pero que no se queda en él, pues prenden otros muchos fuegos en el
espacio privado de los educadores. La directora del centro, crónica de una
destitución anunciada, sufre de un matrimonio naufragado. El Sr. Seaboldt se
atiborra de tranquilizantes. Los nervios de la orientadora no pueden más ante
tanto fracaso. El mismo Sr. Barthes arrastra una infancia solitaria, golpeada
por la reclusión y los abusos de su abuelo a su madre, quien acabó
suicidándose. Kaye reproduce muy bien el sofocante laberinto de las Cárceles de la memoria, de Piranesi, en
los sórdidos pasillos de una escuela. El nihilismo, la falta de bellas ilusiones
en las que todavía creía ingenuamente el profesor Thackeray (Sidney Poitier) de
Rebelión en las aulas (1967), se
adueñan de estas torturadas vidas. Unos docentes que padecen la condena de los
carceleros en un correccional. Días oscuros, grises, sin respuesta, en un
invierno glacial. Días que traen a la chiquilla prostituida y a la alumna obesa
sin autoestima, que elige el final de Cleopatra. La Educación ya es una
historia de terror. La última secuencia de la cinta muestra a Barthes
rodeado de un interior destruido, asolado por una hueste de vándalos: mesas,
sillas, papeles, archivadores, libros, cuadernos, todo tirado por el suelo. Su
destino. “No sé cómo sucedió; pero a la
primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró
en mi espíritu (…) La simple casa, el
simple paisaje característico de la posesión, los helados muros, las ventanas
parecidas a ojos vacíos (…) Una
completa depresión de alma que no puede compararse apropiadamente, entre las
sensaciones terrestres, más que con ese ensueño posterior del opiómano, con esa
amarga vuelta a la vida diaria, a la atroz caída del velo” (E. A. Poe, El hundimiento de la Casa de Usher).domingo, 31 de marzo de 2013
Ignorancia esclava.
· "Habiéndole uno encargado la instrucción de su
hijo, el filósofo le pidió por ello quinientas dracmas, y diciendo aquél que
con tal cantidad podía comprar un esclavo, le respondió Aristipo:
"Cómpralo y tendrás dos".
(Diógenes Laercio, "Vidas de los más ilustres filósofos griegos",
Libro II)
(De Rubén Romero Sánchez, Redactor Jefe de la Secc. de Cine
de Culturamas)
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viernes, 1 de marzo de 2013
¿Gasto o inversión?
A día de hoy España invierte en
torno a un 5% del PIB en Educación. Son más de 51.000 millones de euros al año,
de los cuales el 62,2% se destina a pagar al personal implicado en tan contumaz
labor. Desde 2001, el incremento ha supuesto la suculenta cifra de 22.000
millones más por año. Y sin embargo, ¿dónde están los resultados?
Tan solo ha habido un descenso en abandono escolar de apenas cuatro puntos de 2002 (30,7%) a 2011 (26,5%). La media de la Unión Europea en 2011 era del 13,5%. Es decir, seguimos aún trece puntos por encima del resto de países de nuestro entorno. Se entiende como abandono de los estudios los jóvenes de entre 18 y 24 años que no titulan en Secundaria Obligatoria, o que aun titulando, no prosiguen estudios superiores de Bachillerato o de FP.
Tan solo ha habido un descenso en abandono escolar de apenas cuatro puntos de 2002 (30,7%) a 2011 (26,5%). La media de la Unión Europea en 2011 era del 13,5%. Es decir, seguimos aún trece puntos por encima del resto de países de nuestro entorno. Se entiende como abandono de los estudios los jóvenes de entre 18 y 24 años que no titulan en Secundaria Obligatoria, o que aun titulando, no prosiguen estudios superiores de Bachillerato o de FP.
Las habilidades cognitivas de los
estudiantes españoles son pobres y poco desarrolladas. Su dominio de otras
lenguas, como el Inglés, es pésimo. Y el nivel de lectura (481 en 2009) queda
por debajo de Portugal, Italia y Grecia, aunque por encima de Austria, Israel,
Chile o Luxemburgo. En 2000, nuestro nivel de comprensión lectora era superior
en doce puntos al último registrado por nuestro país.
Los que venimos de planes
antiguos de estudios, estábamos acostumbrados a una clase con más alumnos, pero
también más dispuestos en su mayoría a aprender y aprovechar el tiempo. Se
sabía positivamente a lo que se iba. Desde luego, no a incordiar, molestar o
hacer el tonto. Las familias estaban detrás, muy encima, había voluntad de
superación, y la colaboración con el profesorado y equipo directivo era
estrecha y cómplice. De los padres, uno se quedaba en casa por las tardes para
controlar el progreso de los hijos. Con un solo sueldo, vivían dignamente más
de cuatro personas. El empleo era estable, y la vivienda bastante más asequible
que ahora. El presunto y pretencioso “estado del bienestar” nos ha llevado a
que ni trabajando los dos progenitores, se pueda vivir con holgura ni atender
bien a los hijos. Las familias pierden sus empleos y sus hogares por las
elevadísimas cargas hipotecarias. Los alquileres no están baratos tampoco. La
gente se endeuda cada día. No hay futuro para los jóvenes, que han de mirar a
China o a las antípodas para subsistir de alguna manera. La alternativa es
entrar en las juventudes de algún partido –como antes en las hitlerianas--, y
entonces se hace camino al andar.
Dicen filósofos entendidos, como
José Antonio Marina, que hoy el cerebro de los adolescentes madura tarde y mal.
Quizá la sobreprotección esté llevando a la irresponsabilidad, a no querer
asumir cuanto antes una clara apuesta de futuro. Y tal proyecto pasa por plantearse
tres preguntas básicas: ¿Qué puedo
conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? Los chicos de antes se
educaban para ser hombres, no para seguir siendo niños. Bien es verdad que la
enseñanza solo era obligatoria hasta los catorce años. En 1975 había un 41% de
chicos de dieciséis años escolarizado. Lo que quiere decir que el resto, un
59%, ya estaba aprendiendo a ganarse la vida con esa edad. Existían los
maestros y los aprendices de taller. Quien no quería asistir a la escuela no
era atosigado. Se le dejaba en paz. De ese modo, no perjudicaba a los alumnos
motivados hacia el estudio. El que no titulaba se ponía a trabajar en lo que
fuera, y así se iba ganando un dinero y experiencia, a veces para pasar de un
oficio a otro más digno. Se podía empezar descargando camiones de fruta y con
el tiempo poniendo un puesto de venta y luego una frutería o tienda de
ultramarinos en toda regla. O estibando mercancías en los muelles y después
abriendo un almacén de productos de desguace. O trabajando en una cantera y más
tarde de viajante de comercio. Esta gente joven que apenas había estudiado eran,
no obstante, personas responsables y de provecho, y tomaba conciencia de que era
conveniente que sus hijos se aplicaran y superaran la situación formativa de
los padres. Así la siguiente generación llegaba al Bachillerato, o hasta una
carrera universitaria. Fueron años en los que no escaseaban los empleos, y se
podía empezar pronto a adquirir experiencia laboral. Quien además sabía Inglés,
Francés o Alemán a un nivel medio, o medio-alto, se comía el mundo y llegaba
lejos. Se entraba en una firma, y se ascendía hasta la jubilación. Uno o dos
coches, chalet en la sierra o pisito en Benidorm.
Nuestros jóvenes de hoy no han asimilado la cultura del esfuerzo. Cerca de un 30% de personas de entre 15 y 29 años ni estudian ni trabajan. Están hechos a la sopa boba de lo que caiga en casa. Mejor dicho, de lo que ellos exijan a su familia, que de manera errónea se desvive por tenerlos consentidos y contentos, y por darles cualquier capricho material que se les antoje. Son los “niños del mando a distancia”: deciden el canal que se ve en la tele, y lo que se hace o se dice en el hogar. Programan y reprograman a sus padres, abuelos y hermanos para que congenien con sus pensamientos vacuos de cabezas vacías. Estos chorlitos creen tener resuelto el porvenir a golpe de click, cuando en realidad deambularán por estaciones, cañadas y apeaderos el día que falten sus hacedores, mendigando o algo peor.
Nuestros jóvenes de hoy no han asimilado la cultura del esfuerzo. Cerca de un 30% de personas de entre 15 y 29 años ni estudian ni trabajan. Están hechos a la sopa boba de lo que caiga en casa. Mejor dicho, de lo que ellos exijan a su familia, que de manera errónea se desvive por tenerlos consentidos y contentos, y por darles cualquier capricho material que se les antoje. Son los “niños del mando a distancia”: deciden el canal que se ve en la tele, y lo que se hace o se dice en el hogar. Programan y reprograman a sus padres, abuelos y hermanos para que congenien con sus pensamientos vacuos de cabezas vacías. Estos chorlitos creen tener resuelto el porvenir a golpe de click, cuando en realidad deambularán por estaciones, cañadas y apeaderos el día que falten sus hacedores, mendigando o algo peor.
Si las cosas se presentan oscuras
para quien tiene estudios superiores, imaginemos lo que pinta para el resto: la
náusea o la nada.
Con chavales poco entregados al
duro aprendizaje diario de cada materia, solo cabe una menor ratio de ellos en
cada aula. Y tal medida exige más profesores y más recursos. También una sólida
vocación docente y una preparación en destrezas y habilidades formativas. Hay
que ganarse a los pupilos, hacerles atractiva la asignatura. Saber vender la
mercancía. El King’s College se rige por una selecta criba de docentes:
impecable graduación con doctorado, don de gentes y fuerte empatía hacia los
alumnos, que incluye la probada capacidad de diseñar planes de actividades
complementarias fuera del horario escolar.
Últimamente, se culpa a los
profesores españoles de estar poco cualificados para asumir los nuevos retos
educativos. Poca entrega, parsimonia con los alumnos, anquilosamiento
metodológico. El anatema alcanza a la universidad, ninguna dentro del listado
de las 120 mejores del mundo. Pero, ¡oh, misterio!, a nuestras enfermeras se
las rifan en Francia, Gran Bretaña o Arabia Saudí, y nuestros ingenieros son
requeridos en Alemania, Bélgica, Brasil, Canadá y Holanda. Cuando el río suena, agua lleva. ¡Menuda contradicción de posibles!
Gasto en Educación sin resultados et alii.Andreas Schleicher, de PISA.
Nuestro sistema educativo.
Pedagogía.
La educación de los niños según Rosa Navarro Durán.
Mejores profesores.
Los nuevos profesores.
Más rebeldes, más activos.
Manual para subir montañas.
Entrevista a José I. Wert
Novedades Ley Wert.
Reforma educativa.
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