Raquero (Archivo Javier Ortega)

Raquero (Archivo Javier Ortega)

PRESENTACIÓN DEL BLOG:

"Síguela, que es buena,

síguela, que es mala,

síguela, que tiene

pelos en la cara."




Según Esteban Polidura Gómez, esta coplilla la celebraban los raqueros de Santander a despecho de la contrariada autoridad municipal, allá por 1864, cuando aquel escritor contaba unos doce años, y Pereda daba a la imprenta sus Escenas Montañesas.



Tomo ahora prestado el primer verso para iniciar la singladura de este blog, que debe tener contenidos educativos, relacionados con la Lengua castellana y su Literatura.



Espero que sea del gusto del lector, que en él se propongan enseñanzas motivadoras, útiles y edificantes, y que se nutra de la aportación de todos los interesados en estos temas.



Muchas gracias a todos/-as por hacerle un pelín de caso.



¡Adelante, pasen sin llamar!

viernes, 1 de marzo de 2013

¿Gasto o inversión?


A día de hoy España invierte en torno a un 5% del PIB en Educación. Son más de 51.000 millones de euros al año, de los cuales el 62,2% se destina a pagar al personal implicado en tan contumaz labor. Desde 2001, el incremento ha supuesto la suculenta cifra de 22.000 millones más por año. Y sin embargo, ¿dónde están los resultados?

 Tan solo ha habido un descenso en abandono escolar de apenas cuatro puntos de 2002 (30,7%) a 2011 (26,5%). La media de la Unión Europea en 2011 era del 13,5%. Es decir, seguimos aún trece puntos por encima del resto de países de nuestro entorno. Se entiende como abandono de los estudios los jóvenes de entre 18 y 24 años que no titulan en Secundaria Obligatoria, o que aun titulando, no prosiguen estudios superiores de Bachillerato o de FP.

Las habilidades cognitivas de los estudiantes españoles son pobres y poco desarrolladas. Su dominio de otras lenguas, como el Inglés, es pésimo. Y el nivel de lectura (481 en 2009) queda por debajo de Portugal, Italia y Grecia, aunque por encima de Austria, Israel, Chile o Luxemburgo. En 2000, nuestro nivel de comprensión lectora era superior en doce puntos al último registrado por nuestro país.

Los que venimos de planes antiguos de estudios, estábamos acostumbrados a una clase con más alumnos, pero también más dispuestos en su mayoría a aprender y aprovechar el tiempo. Se sabía positivamente a lo que se iba. Desde luego, no a incordiar, molestar o hacer el tonto. Las familias estaban detrás, muy encima, había voluntad de superación, y la colaboración con el profesorado y equipo directivo era estrecha y cómplice. De los padres, uno se quedaba en casa por las tardes para controlar el progreso de los hijos. Con un solo sueldo, vivían dignamente más de cuatro personas. El empleo era estable, y la vivienda bastante más asequible que ahora. El presunto y pretencioso “estado del bienestar” nos ha llevado a que ni trabajando los dos progenitores, se pueda vivir con holgura ni atender bien a los hijos. Las familias pierden sus empleos y sus hogares por las elevadísimas cargas hipotecarias. Los alquileres no están baratos tampoco. La gente se endeuda cada día. No hay futuro para los jóvenes, que han de mirar a China o a las antípodas para subsistir de alguna manera. La alternativa es entrar en las juventudes de algún partido –como antes en las hitlerianas--, y entonces se hace camino al andar.

Dicen filósofos entendidos, como José Antonio Marina, que hoy el cerebro de los adolescentes madura tarde y mal. Quizá la sobreprotección esté llevando a la irresponsabilidad, a no querer asumir cuanto antes una clara apuesta de futuro. Y tal proyecto pasa por plantearse tres preguntas básicas: ¿Qué puedo conocer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? Los chicos de antes se educaban para ser hombres, no para seguir siendo niños. Bien es verdad que la enseñanza solo era obligatoria hasta los catorce años. En 1975 había un 41% de chicos de dieciséis años escolarizado. Lo que quiere decir que el resto, un 59%, ya estaba aprendiendo a ganarse la vida con esa edad. Existían los maestros y los aprendices de taller. Quien no quería asistir a la escuela no era atosigado. Se le dejaba en paz. De ese modo, no perjudicaba a los alumnos motivados hacia el estudio. El que no titulaba se ponía a trabajar en lo que fuera, y así se iba ganando un dinero y experiencia, a veces para pasar de un oficio a otro más digno. Se podía empezar descargando camiones de fruta y con el tiempo poniendo un puesto de venta y luego una frutería o tienda de ultramarinos en toda regla. O estibando mercancías en los muelles y después abriendo un almacén de productos de desguace. O trabajando en una cantera y más tarde de viajante de comercio. Esta gente joven que apenas había estudiado eran, no obstante, personas responsables y de provecho, y tomaba conciencia de que era conveniente que sus hijos se aplicaran y superaran la situación formativa de los padres. Así la siguiente generación llegaba al Bachillerato, o hasta una carrera universitaria. Fueron años en los que no escaseaban los empleos, y se podía empezar pronto a adquirir experiencia laboral. Quien además sabía Inglés, Francés o Alemán a un nivel medio, o medio-alto, se comía el mundo y llegaba lejos. Se entraba en una firma, y se ascendía hasta la jubilación. Uno o dos coches, chalet en la sierra o pisito en Benidorm.  
  
Nuestros jóvenes de hoy no han asimilado la cultura del esfuerzo. Cerca de un 30% de personas de entre 15 y 29 años ni estudian ni trabajan. Están hechos a la sopa boba de lo que caiga en casa. Mejor dicho, de lo que ellos exijan a su familia, que de manera errónea se desvive por tenerlos consentidos y contentos, y por darles cualquier capricho material que se les antoje. Son los “niños del mando a distancia”: deciden el canal que se ve en la tele, y lo que se hace o se dice en el hogar. Programan y reprograman a sus padres, abuelos y hermanos para que congenien con sus pensamientos vacuos de cabezas vacías. Estos chorlitos creen tener resuelto el porvenir a golpe de click, cuando en realidad deambularán por estaciones, cañadas y apeaderos el día que falten sus hacedores, mendigando o algo peor.

Si las cosas se presentan oscuras para quien tiene estudios superiores, imaginemos lo que pinta para el resto: la náusea o la nada.

Con chavales poco entregados al duro aprendizaje diario de cada materia, solo cabe una menor ratio de ellos en cada aula. Y tal medida exige más profesores y más recursos. También una sólida vocación docente y una preparación en destrezas y habilidades formativas. Hay que ganarse a los pupilos, hacerles atractiva la asignatura. Saber vender la mercancía. El King’s College se rige por una selecta criba de docentes: impecable graduación con doctorado, don de gentes y fuerte empatía hacia los alumnos, que incluye la probada capacidad de diseñar planes de actividades complementarias fuera del horario escolar.

Últimamente, se culpa a los profesores españoles de estar poco cualificados para asumir los nuevos retos educativos. Poca entrega, parsimonia con los alumnos, anquilosamiento metodológico. El anatema alcanza a la universidad, ninguna dentro del listado de las 120 mejores del mundo. Pero, ¡oh, misterio!, a nuestras enfermeras se las rifan en Francia, Gran Bretaña o Arabia Saudí, y nuestros ingenieros son requeridos en Alemania, Bélgica, Brasil, Canadá y Holanda. Cuando el río suena, agua lleva. ¡Menuda contradicción de posibles!
Gasto en Educación sin resultados et alii.
Andreas Schleicher, de PISA.
Nuestro sistema educativo. 
Pedagogía. 
La educación de los niños según Rosa Navarro Durán.
Mejores profesores.
Los nuevos profesores.
Más rebeldes, más activos.
Manual para subir montañas.
Entrevista a José I. Wert
Novedades Ley Wert. 
Reforma educativa. 

martes, 23 de octubre de 2012

La chiquillería y su canto de libertad.



“A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y echarse a la calle piando y saltando. La furia insana con que se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de celebrar los hombres... Salieron, como digo, en tropel; el último quería ser el primero, y los pequeños chillaban más que los grandes.” (Benito Pérez Galdós, Miau, 1888).

Mi entrañable don Benito, sin duda el mejor talento narrativo español después de Cervantes. Nadie ha descrito mejor ni ha homenajeado tan perfectamente a los colegiales. Esa alegría eterna de los niños, que al margen del mundo adulto, ilumina sus vidas hasta en los momentos más terribles.

“Ningún himno a la libertad”, ni la Marsellesa, apunta el escritor, es tan sublime, natural, espontáneo y bello como el que entona a grito pelado la chiquillería al abandonar el aula de estudio. “Aula”, o “jaula”, pues a más de uno le parece un acierto insufrible pasar seis o siete horas delante del Maestro de Justicia, oyéndole debatir, dictar apuntes o preguntar por la lección o los ejercicios. En la época de Galdós, además, el maestro tenía vara: podía pegar a los niños si se reían en clase, no trabajaban en lo mandado o cometían alguna falta o tropelía. Es natural que después abandonaran la escuela como los leones la pista de circo, huyendo del látigo del domador. Además, como se hace con los monos cuando realizan una gracia oportuna, los niños no reciben el cacahuete; a lo sumo el demorado boletín de notas.

Imaginad aquella juvenil turbamulta apoderándose de la bien merecida salida, algunos con las heridas leves del día, por una riña o pelea, otros con el rebozo de la tunda del maestro todavía pendiente en su cara. Marcas que son para Galdós “bosquejo”, es decir, imitación relativa de los “triunfos revolucionarios” que en “edad menos dichosa” –esto es, en la madurez—“han de celebrar los hombres”. Los seres humanos estamos condenados al esfuerzo, al compromiso, a la lucha de superación. Nada se regala, o poco. Hay un refrán que dice que “El que algo quiere, algo le cuesta”, y es verdad. La vida no se nos da hecha; tenemos que hacerla nosotros, que la vivimos. Por eso decía también Galdós que cada uno lleva consigo su propia novela. Escribimos los datos de nuestro afanoso existir a diario, con nuestras acciones, buenas, regulares o malas. Y a veces ni somos receptivos, ni encontramos receptivos, ni proclives a nosotros, a los demás, que pueden oponérsenos y hasta “hacernos la pascua”. A menudo, quien más tiene se aprovecha del que tiene menos, y quien menos ama es llama de quien arde en amor. Donde quiera que uno vaya –sigue hablando don Benito—habrá hombres que manden sobre los otros y les cojan la voluntad. 

La ambición, el ansia de ser más, de dominar, es un mal humano que también existe en la ley biológica del más fuerte y capacitado. Lo señaló muy claramente Fernando de Rojas, en su prólogo filosófico a La Celestina (1499): “Todas las cosas se crían a manera de contienda o batalla […] Hasta los groseros milanos insultan dentro en nuestras moradas los domésticos pollos y debajo las alas de sus madres los vienen a cazar”. Y luego continúa nuestro agudo bachiller: “¿Pues qué diremos entre los hombres a quien todo lo sobredicho es sujeto? ¿Quién explicará sus guerras, sus enemistades, sus envidias..?” Cuando Melibea muere, su padre Pleberio se lamenta desconsolado y arremete contra el mundo, que le parece “un laberinto de errores, un desierto espantable, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro”. O lo que es lo mismo: la danza de brujas en un aquelarre o la danza de la Muerte, personificada, que llama a todos por igual. Y lo malo es que no podemos escapar a los embrujos y sortilegios de la vida, pues somos seres sociales, y debemos estar preparados para los golpes y fortunas que estén por venir. El personaje extraordinariamente individualista de Areúsa se cree espíritu libre: “Me vivo sobre mí [esto es, ‘vivo por mí misma, hago lo que quiero’], desde que me sé conocer [‘desde que tengo uso de razón’]. Que jamás me precié de llamarme de otro, sino mía”. La pobre infeliz no sabe lo que le espera. Nadie es enteramente libre, pues todos, en mayor o menor medida, dependemos de lo que hagan los demás. Vivimos encadenados, amarrados a una cadena de favores. Hay cierto mecanicismo: si yo impulso la ficha, derribará a las otras del dominó. Y a menudo es difícil salvarse de la relación causa-efecto.

Por eso la infancia es la mejor etapa de la vida para ser feliz. Galdós aprecia y alaba ese delirio infantil hacia lo espontáneo sin atender a contextos: ese griterío, --más pronunciado en los pequeñines--, que se le antoja la chispa de la vida, la mejor música para mayores, la razón oculta que nos ha traído aquí, el impagable canto a la libertad.

martes, 25 de septiembre de 2012

El recuerdo al buen maestro.

Comenzaba yo, hace once años, mi andadura profesional como docente de la Secundaria pública, cuando recibí una de las mayores satisfacciones de mi vida.

Di con un centro (sección), el I.E.S. Anselmo Lorenzo, en Morata de Tajuña (Madrid), donde los sencillos chavales del pueblo se referían a su profesor con esa vieja palabra de respeto y autoridad: "maestro".

El cura, el alcalde, el maestro y el boticario fueron antaño los pilares constructores de los municipios de España y de los países latinos mediterráneos. Lo podemos ver en películas nuestras de 1940 y 1950, como las de Berlanga y José Luis Sáenz de Heredia.

Ser "maestro" en un lugar pequeño y tranquilo quería decir mucho. Era estar en posesión del saber. Era ser venerado y consultado por los pobres vecinos sin estudios. El pastor sabía de ganado y de plantas beneficiosas; el labrador, de las plagas, los sembrados y la cosecha; el sacerdote de cómo ser buenas personas para salvar el alma; el alcalde era un poquito mandón y terrateniente. Cada uno llevaba la cultura a su modo. Solo el maestro entendía de todo: de letras, de ciencias, de Historia, de política, de porvenir. En las decisiones importantes, se reunía en cónclave con el cura y el regidor. A menudo, estaba soltero y vivía solo. Otras veces, con la hermana o con una asistenta madura. La gente estaba atenta a lo dicho por él. Y sus reprimendas no admitían discusión. El maestro era pobre, humilde, no tenía dinero ni entendía de cómo ganarlo. "Pasa más hambre que un maestro de escuela", se solía espetar a alguien de manera denigrante. Esos calopinos silenciosos fueron tallando y puliendo las almas y las mentes de los nuevos agricultores, y también de futuros abogados y médicos (pues muchos chavales optaban por dejar el pueblo --como vemos que sucede en El camino, de Delibes-- y marchar a la ciudad, a informarse y formarse mejor).

Pero, aunque partieran, siempre quedaban los recuerdos: las travesuras y correrías infantiles, los paseos junto al pastor por el monte, los baños en el río, el tirachinas y la primera escopeta de perdigones, el primer beso... Y el maestro. Lo aprendido con él. Con autoridad bien entendida. Porque una vocación como esa es entrega en cuerpo y espíritu, y convierte en propios a los hijos de los demás.

Hoy día ya no se utiliza generalmente esa mágica dicción, "maestro", sino "profe". Y aunque "profe" también entraña cariño, "maestro" aludía a la forja de hombres, a enseñar en el sentido más generoso, más genuino y amplio. A preparar a los muchachos para la vida, inculcándoles una ética, un respeto, una responsabilidad, y un verdadero amor por construir en este mundo sobre roca. Porque, como decía Cecil B. DeMille, el director más bíblico de Hollywood, al término de su autobiografía, somos solo lo que construimos; cuando nos vamos, eso queda.

Reproduzco a continuación una carta, remitida a XL Semanal de ABC por Juan Luis Hernández Gomila (de Mahón, Menorca) y publicada el 22 de abril de 2012. La misiva, breve pero contundente, sintetiza con elevado romanticismo ese tardío agradecimiento del alumno al maestro. ¡Ah, compañeros míos, si fuera verdad lo que se reconoce en ella! Otra sociedad tendríamos hoy. Una sociedad de valores ejemplares y positivos. No una mezquina y podrida. Los jóvenes padres de esta carta no solo son capaces de recitar a Bécquer, sino que, en el colmo de la reverencia, han puesto a su hijo Gustavo, por el poeta, y por el hombre que con paciente amor y entrega se lo enseñó y se lo hizo querer. El buen recuerdo es el único premio a nuestra profesión. Queremos que se nos recuerde... y nos gusta recordar, como Mr. Chipping (Mr. Chips) en la entrañable novelita del idealista James Hilton. Caras, nombres, cursos, personas... Acaso en nuestra apartada soledad, el dulce terrón invisible del trabajo bien hecho.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Huelga en la Enseñanza (22 de mayo de 2012).

A continuación, un enlace a mis reflexiones sobre lo que la prensa escrita ha publicado acerca de la última convocatoria de huelga en la Enseñanza.

sábado, 12 de mayo de 2012

La Educación, Phileas Fogg y el "Enriqueta".


Cuenta Julio Verne que el caballero Phileas Fogg, para ganar las veinte mil libras de su apuesta de que sería capaz de dar la vuelta al mundo en ochenta días, se gastó sesenta mil dólares en comprar un viejo vapor de hierro y madera, con el que cubrir las 3.500 millas que separan Nueva York de Liverpool. Ni corto ni perezoso, con la ayuda de Picaporte y de la marinería, para dar más presión a la maquinaria, se puso a desmantelar el Enriqueta en alta mar. Y así, a costa de la toldilla, el entrepuente, los paramentos de los camarotes, el puente, los palos, las sillas y mesas, y si se me apura, hasta los mondadientes, el barco pudo alcanzar sus buenos doce nudos y llegar a Inglaterra. A costa de sacrificar lo innecesario para alzarse con lo indispensable, quedó en el casco de hierro y poco más. El objetivo estaba cumplido.

España va ahora a bordo de otro Enriqueta, que además de ver cómo pierde cada día una parte de su estructura, lleva una importante vía de agua en el casco, y amenaza hundirse si no llega a puerto pronto. El doble problema es que en él viajan la Educación, la Sanidad, las pensiones, y el empleo precario de muchas personas. Voy a volver a ocuparme, una vez más, de la Educación, de la Enseñanza, que es la materia que mejor conozco y la asignatura que mejor llevo aprendida.

Desde el gobierno del Partido Popular se habla de incentivar la calidad de la Enseñanza, que está bajo mínimos. Se propone gestionar mejor los recursos y rehacer el currículum y las opciones educativas del programa de estudios. Bien, noble propósito. Pero ya me dirán cómo sin inversión de capital. ¿Cómo construir itinerarios, diseñar planes de inserción laboral para alumnos desmotivados (o discapacitados), replantear el Bachillerato y los contenidos de las enseñanzas medias obligatorias, dignificar la Formación Profesional, etc… sin dinero? Lamentablemente, no tenemos al genio de Aladino para que haga todo eso por arte de magia.

A los profesores se nos está pidiendo, contradictoriamente, que aumentemos el número de horas de clase a la semana, que contemos con más alumnos en el aula, que dispongamos de menores recursos de ayuda, ¡ojo!, no solo para nosotros, sino también para los alumnos, que los necesitan. La última genialidad del actual ministro de Educación, José Ignacio Wert, fue plantear la conveniencia de meter más niños por clase, porque, según él, así socializan más, que si no están demasiado solos los pobrecitos. Así se dan más calor y coba fraternal unos a otros. ¡Ni que estuviéramos en la época de las inclusas de Dickens!

Así pues, a todas luces se ve que no puede existir buen propósito si no hay raciocinio. ¿Cómo conseguir mejorar los niveles de comprensión y las competencias de los alumnos, si se piensa en meterlos en el camarote de los hermanos Marx? No se puede hacer como los publicanos y fariseos, que predicaban obrar conforme a la ley, y luego hacían a su antojo todo lo contrario. Lo malo es que vivimos en un país que se traga todo, menos que un equipo de los grandes baje a segunda división. Entonces es cuando la gente, haciendo suya la causa del calzoncillo y la camiseta, se echa a la calle en airado malestar. Lo vemos a diario los profesores con esas familias que casi se desentienden de la evolución y aprendizaje de sus hijos adolescentes, que ni se dejan ver por el instituto en todo el curso, que les importa un bledo si sus chicos repiten y se estancan, y que solo les interesan las seis horas de gratuito recogimiento del menor que se ofrecen al día. Como si el colegio fuera una guardería. Nosotros –y me enorgullece afirmarlo—nos preocupamos por sus hijos mucho más que ellos. ¿A cambio de qué? De la ingratitud, que es un mal de la sociedad española –como se encargó de denunciar Galdós--, disfrazada a menudo de la indiferencia, cuando no de la crítica, o hasta del insulto mezquino.

La Educación no se puede llevar –como hay quien pudiera pretender—un cheque en blanco, porque es tarea de todos: en principio de nosotros los docentes, pero también de los propios chicos, sus familias y la sociedad entera. Si no colaboramos todos, el dinero que se invierta se irá por la alcantarilla, como la ilusión de las banderitas de papel en Bienvenido, Mr. Marshall. Por eso, cualquier plan eficaz que se acometa tiene que ser consensuado, apoyado y realizado por el país en su conjunto. ¿Qué salvó a Gran Bretaña en los difíciles tiempos en que su cielo era un infierno? El tesón y empuje de un líder carismático que supo transmitir a su pueblo que el sacrificio que se hacía era lo que se debía hacer. Y así pudo contar con la ayuda de todos.

Fe, confianza en el sacrificio, en el esfuerzo, en la labor común. Para ello, transparencia, honestidad y ejemplo de nuestros mandatarios. Hay que devolver la confianza a la gente que hace la nación.

Para salir de una crisis se necesita confianza y empeño. Hay que favorecer la cultura del esfuerzo. Los adolescentes deben saber que el aprendizaje exige que ellos pongan de su parte, y que si bien el universo global informático y tecnológico es una herramienta, solo será útil si es bien utilizada. No se aprende pasando horas delante del ordenador, si uno, previamente, no ha sido educado, desde pequeñito, desde los seis o siete años, en ejercitar la atención, la comprensión y la memoria. Se estima que el 30% de los niños que acaban la Primaria no saben leer adecuadamente: cambian sílabas, se comen palabras y no son capaces de reflexionar sobre lo leído. Evidentemente, las primeras fases del aprendizaje son cruciales para construir un edificio sólido. Debe, por ello, fortalecerse el trabajo de los niños durante la Primaria, desde los seis años en adelante. Hay que madurar la comprensión lectora, la reflexión escrita y oral, el vocabulario, las habilidades de cálculo mental. Y perder el miedo a fortalecer los contenidos conceptuales, porque es la única manera de reforzar al alumno a medio y a largo plazo. Como ha observado José Antonio Marina, el adolescente de hoy madura cada vez más tarde, porque se le pide menos. Se baja el listón, y el muchacho se acomoda a lo fácil. De tal modo que es muy difícil imponer al año siguiente lo que antes no se ha trabajado. Dejemos --¡pobre!—que el alumno no acentúe bien, que pase con faltas, que no sepa resumir un texto, que no sea capaz de escribir cinco líneas con sentido… ¡Ya se encargará de solucionarlo el profesor del curso próximo, o el de los años venideros! Total, no suelen venir los padres para decir: “Si mi hijo no sabe, que no pase; exíjanle Vds., que yo cumpliré también con lo que me toca”.

La administración debe terminar con la promoción automática. El alumno que no ha aprendido lo suficiente, no puede pasar de curso, como de hecho hasta ahora está sucediendo. Esos alumnos –cuando son varios en una clase-- perjudican seriamente el rendimiento de sus compañeros. No hay mayor pecado que no querer aprovechar una oportunidad. Para comprometer a las familias, la enseñanza debería resultar gratuita solo conforme a los resultados obtenidos. Es decir, en el momento en que un alumno repitiera curso, se debería cobrar su plaza a sus padres. Siquiera una cantidad simbólica el primer año, pero severa si el fracaso continúa. Hay que obtener de las familias una voluntad de compromiso. En mis tiempos de estudiante, conocí chicos de extracción humilde, que a lo mejor hasta tenían que ayudar en casa o en el trabajo de los padres, y que sin embargo eran alentados a estudiar y a conseguir unos buenos resultados. “Yo no estudié –se solía oír--, pero quiero que mi chico estudie. Y más le vale que se aplique”. No les pasó nada por ello, ni acabaron desquiciados o tarados por pedirles ese esfuerzo. Algunos, bastantes, han hecho carrera. (Yo mismo soy hijo de un padre con el Bachillerato elemental y una madre con poco más. Cursé una carrera y un doctorado, sin un modelo en casa, pero sí con el apoyo de mis padres y la exigencia constante de un empeño. Y mi hermano también logró su licenciatura).

Estoy de acuerdo con el gobierno del PP en aumentar las tasas académicas universitarias de acuerdo al nivel de aprovechamiento. Que quien no aproveche su plaza, pague mucho más. Hay mucho “niño de papá” yendo a la cafetería de una Facultad a perder el tiempo dos o más años, y sin embargo pagando igual que quien le cunde. Esa misma medida, o parecida, sería de aplicación en la ESO y en el Bachillerato subvencionado. Ninguna de nuestras universidades (79) se halla entre las 150 mejores del mundo, mientras que tan solo el estado de California –tierra a la que bautizamos nosotros con un nombre mítico sacado de las Sergas de Esplandián—tiene diez campus de excelencia. Y recordemos que llevamos ya unos cuantos años con universidades privadas, y no solo públicas. Claro que, en EE.UU., no se queda enseñando un profesor que no demuestre competencias superiores en su cometido educativo.

No hay que igualar a la baja –como la LOGSE socialista defendió—sino al alza. En realidad, los desdobles en ciertas clases deberían servir para motivar el progreso de los alumnos, y elaborarse a partir de los más esforzados, como se obra en países europeos de nuestro entorno. ¿Tiene derecho a recibir ayuda el que quiere y no puede? Por supuesto. Y es ese uno de los capítulos para la mayor inversión económica. Porque hay que dar opciones: itinerarios, formación en el ámbito profesional, diversificación y modernización del currículum. Quizá una buena iniciativa sería dar presencia al mundo empresarial y emprendedor dentro de la escuela, a través de asignaturas del tipo “el mundo de la empresa”, y ciclos de charlas de profesionales del medio con los alumnos. La escuela tiene que responder a la demanda laboral y formativa del momento, y no debe ser algo viejo y anquilosado. De otro modo, perjudicamos el futuro de nuestros alumnos, distanciándoles del mundo real. En lo que nos atañe, los profesores no deberíamos ver a esos profesionales como a unos “intrusos”, sino como a unos colaboradores, representantes de lo que la sociedad propone. Tenemos que perder el miedo a la realidad.

Muchos jóvenes son demasiado “felices” ahora, y poco responsables. Siempre he recordado a Simón Rodríguez, maestro ilustrado de Bolívar, quien defendía que los niños no deberían abandonar la escuela sin haber aprendido antes un oficio. El Sr. Francisco Aranda, vicepresidente de FENAC, resume el problema en cuatro factores fundamentales: el rápido envejecimiento de la población española, sustituida, cada vez más, por unos trabajadores poco preparados; la escasez de ofertas en estudios de diplomatura (cualificación media), que van a ser mayormente demandados en los próximos lustros; la nula correspondencia entre el currículum escolar y la demanda laboral; y por último, el elevado desempleo juvenil que presenta España: un 50%, altísimo, frente a la media europea (22,4%). Los propios investigadores Manuel de la Cruz y Miguel Recio Muñiz, del proyecto Active Progress de CC.OO., reconocen la casi nula posibilidad de inserción laboral de los jóvenes que han abandonado los estudios y presentan, por ello, un perfil no cualificado. ¿Qué se puede hacer –a mi modo de ver-- para que los jóvenes se formen y no claudiquen? Mayores y más seductoras ofertas formativas en los centros escolares; concienciación sobre la ley del esfuerzo en alumnos y familias; participación de toda la tribu en construir un sistema sólido y consensuado.

Y la administración debe estar ahí para dar ejemplo de conducta y para potenciar los recursos educativos, que exigen, no una inversión sin resultados, sino comprometida. Ya que vamos en el barco de Phileas Fogg, por lo menos que lleguemos a puerto.

En Madrid, a ocho de mayo de 2012.

Antonio Ángel Usábel

(Profesor de Enseñanza Secundaria)

domingo, 2 de octubre de 2011

DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA.


La Educación y la Sanidad son garantías sociales y bienes patrimoniales que todo Estado democrático debe considerar como sus cimientos. El Estado ha de garantizar la calidad de ambas, así como su extensión a todos los niveles de la ciudadanía. No hay, por tanto, que recortar presupuesto para ellas, sino fortalecerlo lo máximo posible. Invertir en Sanidad y en Educación es preparar un futuro mejor para todos.
 Profesores y médicos no deben recibir mimos, pero sí contar con los medios básicos suficientes y gozar de una buena estima social. En España, los galenos no se pueden quejar en cuanto a su sueldo, pero no así los docentes, que ganamos más bien poco (aproximadamente, cuatrocientos euros más que un portero de finca, y lo mismo que un barrendero y que un guardia civil, con perdón). En la Enseñanza Pública, somos funcionarios de primera categoría, pero estamos de los más bajos dentro del escalafón. Y creedme si os digo que buen profesor no lo puede ser cualquiera, pues es un trabajo que exige infinita paciencia, elevadas dosis de concentración, cierto grado de empatía y habilidad para saber transmitir tanto conocimientos como formación en valores. La ética, la moral, el buen juicio y sentido común, la inteligencia emocional, el respeto y colaboración con los demás, son más importantes, incluso, que los contenidos de las asignaturas.

Hoy día, con las nuevas subidas a veinte horas lectivas, un profesor de la pública da clase a cinco grupos de media, si su materia es troncal (Lengua y Matemáticas), y puede llegar a tener entre noventa y ciento diez alumnos. Los docentes de la enseñanza concertada están con veintiséis horas lectivas, jornadas de mañana y tarde, y muchos más grupos. Luego, en verdad, su trabajo es más agotador. Pero, por contra, suelen tener mucho mejor alumnado, de mayor nivel cultural y socioeconómico. Esto es así porque los directores y jefes de estudios se quitan de encima a los alumnos díscolos, rebeldes o con problemas de aprendizaje, derivándolos a los centros públicos. Y, sin embargo, también la enseñanza concertada la pagamos entre todos; luego no debería existir esta segregación, que recuerda a la sufrida por las gentes de color en otras épocas. Pero, no seamos hipócritas: muchos docentes de la Pública llevamos a nuestros hijos a centros concertados. Y hasta algún dirigente sindicalista hay que jalea el clima de huelga y se calla que lleva a su familia a un centro privado. Los colegios concertados (cooperativas o pertenecientes a la Iglesia católica) están haciendo también su buena labor educativa, aunque jueguen con esa ventaja importante que hemos señalado. Muy pocos de ellos cuentan con gabinetes técnicos de orientación y apoyo a alumnos con desfase curricular o con dificultades de aprendizaje. Tampoco las escuelas públicas de Primaria están bien dotadas en este sentido, y por eso hay problemas que no se detectan hasta mucho más tarde, cuando el alumno ya está abocado a un fracaso en Secundaria. Las fuertes restricciones y carencias en los equipos de Orientación Psicopedagógica de los colegios públicos de Primaria no favorecen que un problema emocional o de aprendizaje sea detectado a tiempo. La mayor parte de estos colegios no cuentan con un psicólogo fijo, sino que hay uno para varios centros, con lo que no puede existir un buen seguimiento del alumnado de entre seis y once años.

 
Resulta básico y fundamental el apoyo de las familias. Que haya buena predisposición en casa para el aprendizaje, y que los padres detecten con prontitud las carencias y limitaciones de sus hijos, para pedir ayuda. Los progenitores tienen que saber transmitir una inquietud de responsabilidad a sus hijos, habituándoles al estudio y al esfuerzo desde chiquititos. O esto, o muchos se pierden por el camino, pues nadie nace con ciencia infusa. Hay que aprender a repartirse las horas del tiempo libre, con organización y concierto: espacios para el repaso de materias, y margen para el juego y la diversión. El deporte –la oxigenación muscular y mental-- favorece la concentración, la estrategia y la confianza en uno mismo.

Para que un profesor pueda rendir adecuadamente, y los alumnos lleguen a aprovechar sus clases en toda su extensión, necesita tener pocos grupos y que éstos resulten poco numerosos (no más de quince estudiantes). Lo común es que los grupos que no “desdoblan” (de uno se hacen dos) no bajen de veinticuatro alumnos. En la concertada y privada son incluso más grandes (treinta o treinta y cinco). Por muy buenos que sean estos estudiantes, no pueden recibir una atención tutorial personalizada, lo que repercute negativamente en la calidad de la enseñanza. Los profesores hacemos lo que podemos para ayudar, pues ello entra dentro de nuestra vocación y nos solemos sentir responsables y condescendientes con los alumnos que quieren aprender y observan un comportamiento adecuado. Si tienen dificultades, les ayudamos y alentamos en lo posible, y también intentamos “rescatar” a las ovejas descarriadas y reconducirlas antes de que se pierdan del todo. Un buen profesor intenta no aburrir, hacer amenas las clases, dar adecuadamente la mayor parte del temario, captar la atención y el compromiso de sus pupilos y preocuparse del presente y del futuro de ellos. Así mismo, no descuida los valores, base de la convivencia en sociedad.

Por su parte, los alumnos deben colaborar viendo en su profesor a una autoridad, que no a alguien autoritario. Debe existir firmeza, aunque sin pasarse de la raya. Antiguamente las clases cundían más, porque había un exceso de autoritarismo en ellas: la razón y la verdadera sabiduría siempre la tenía el docente, y a menudo se recurría contra el indómito al castigo físico o a la humillación delante de los compañeros. Este sistema prevalece hoy día aún, con excelentes resultados, en Corea del Sur, que ha adelantado a Finlandia en el informe PISA y ocupa ahora el primer puesto del mundo. Sus estudiantes, sin embargo, no son muy felices, pues el estudio es una obsesión en ellos y apenas tienen tiempo libre para vivir la vida (ese fino hilo que a veces es injustamente corto y escasamente agradecido). En Corea, los profesores son como musas cálidas, y son alabados y venerados por todos los estamentos sociales. Un muchacho coreano se lleva a la cama sus apuntes del día, que repasa con una linterna como un prófugo clandestino. La idea de fracaso es impensable, y existen muchas academias privadas que fortalecen la preparación multidisciplinar tras el horario obligatorio. Ni tanto, ni tan calvo, que España no acaba de despegar de los puestos más bajos de la lista de PISA, porque no existe en ella un modelo educativo universalmente consensuado y que funcione realmente. Nuestras universidades no están entre las mejores doscientas del mundo. ¿No tenemos, acaso, buenos educadores?

Los profesores de la escuela pública tienen que superar diversas fases de un concurso-oposición. Los sindicatos son demasiado proclives a ensalzar la experiencia, el número de años que ha permanecido un aspirante en las aulas, con la tiza. Pero no se debe primar solo eso, porque tampoco hay derecho que a un interino de larga trayectoria le baste con ir a firmar un examen, dejándolo en blanco, para tener asegurado el puesto y jubilarse sin la plaza. De esa manera no se da ninguna oportunidad justa a los nuevos titulados, algunos de ellos muy bien preparados académicamente, pero sin puntos por experiencia. El hecho más dramático en este sentido ocurrió en el curso 1990-91, cuando un pacto entre el Ministerio de Educación –con el Sr. Rubalcaba al frente—y los sindicatos mayoritarios cerró la puerta de acceso, de forma radical e inconsciente, a los jóvenes aspirantes a profesor, en beneficio de interinos de muy larga duración. Entonces, ningún grupo parlamentario ni medio de prensa –con la excepción de COPE—acogió sus reivindicaciones. Fueron años muy duros, en los que cada uno se tuvo que buscar la vida como pudo, hasta que tímidamente volvió a levantarse la barrera de acceso a la función pública docente. El PSOE permitió una enorme contratación de interinos –al abrigo de la fallida LOGSE--, y luego vinieron las prisas por hacer fija a la gente eventual. Algo parecido quieren hacer ahora, defendiendo la omnipresencia del personal contratado temporalmente en el sistema de centros públicos. Se debe recurrir a este personal en la medida en que sea necesario. Desde luego que priman los intereses de los funcionarios en expectativa –con su plaza otorgada--, quienes no tienen la culpa en absoluto de que la Administración no les encuentre destino. Deberían cobrar, mientras, su sueldo íntegro. Muchas de estas personas han tenido que acceder a impartir una materia afín (relacionada con la suya), y a compartir centro hasta completar horario.

Los sindicatos tampoco han denunciado la pobreza legal del sistema educativo. Pretenden suplir ese paupérrimo esqueleto con fuerza humana. Se creen que todo se arregla contratando a más profesores. Pero hay que garantizar una Ley Orgánica de Educación que intensifique los contenidos de los programas, igualando por arriba y no por abajo (como hasta hoy), que institucionalice, ensalce y premie el esfuerzo y el trabajo personal. Se requiere ampliar el Bachillerato, consolidándolo como fase intermedia donde se refuercen los conceptos. Yo y otros hicimos un Bachillerato de tres años, completado con un Curso de Orientación Universitaria, y no nos ha pasado nada; no hemos palmado de ninguna indigestión. Desgraciadamente, no todos tenemos las mismas capacidades –ni aptitudes ni actitudes--, y la idea “progre” de que cualquiera puede y debe estar en la Universidad es marcadamente imposible y falsa. Hay que mejorar otras alternativas para quienes no lleguen a ella en primera instancia (una buena oferta de Formación Profesional de grados medio y superior), así como programas de inserción laboral para todos (incluso para los mismos titulados superiores). En cuanto a los profesores universitarios, se debe acabar con el amiguismo, el enchufismo, el politiqueo y la endogamia a la hora de su selección, valoración de méritos y contratación. Deben cumplir con su horario –que no es muy extenso que se diga--, tomarse las clases y la labor orientadora en serio y preocuparse menos de su ego. Ellos –y todos los demás educadores-- están (estamos) para servir, y no para servirse.

Con el gobierno del Partido Popular, bajo mandato del presidente Aznar, ni se mejoró la Ley de Educación ni se atendió a las necesidades de la escuela pública. Hubo temor a emprender una esperada reforma, cuando era un momento de bonanza económica, merced a la estabilidad de los mercados y a la administración responsable de los dirigentes que tuvimos, que nunca gastaban lo que no se tenía. Bastaba con garantizar el crecimiento de la opción privada y concertada. Mientras que el barco de la gratuita se hundía escorado sin remedio, el iceberg neoliberal no cesaba de crecer. “Ándeme yo caliente, y ríase la gente”, que a aquella escuela privada, de seiscientos euros mensuales, iban los niños de políticos de signo dispar, según un modesto servidor tuvo la oportunidad de comprobar a su debido tiempo, cuando no le contrataron un curso en la pública (y no pasó nada).

Curiosamente, durante la dictadura del general Franco los institutos públicos funcionaban merced a catedráticos republicanos depurados de la Universidad, gente librepensadora, bien preparada, que hizo de centros como el Cardenal Cisneros, el Ramiro de Maeztu y el Beatriz Galindo verdaderos emporios de Cultura. Entonces, la educación pública gozaba de prestigio, justo el que han tirado por el suelo los señores que han gobernado después. ¿Miedo a la capacidad de razonar? Parece que no quisieran sino imponer la vieja máxima del Martín Fierro: “Obedezca el que obedece, y será bueno el que manda”.

Es prioritario que las leyes educativas sean un patrimonio consensuado, y que sean elaboradas bajo la supervisión de los profesionales de la tiza, por educadores con experiencia, y no por psicopedagogos de escaparate. En España, además, se tienden a implantar, como absoluta y prometedora novedad, medidas que han fracasado antes en otros países. A veces, la unión de lo tradicional con lo experimental da resultados positivos. Tenemos ahora las nuevas tecnologías, que representan el presente y el futuro de nuestros chicos, y que debemos incorporar a nuestras aulas, pero con la prudencia de no dejarnos seducir enteramente por ellas; debemos verlas como una herramienta más, eficaz en la medida que se sepan utilizar hábilmente. Los alumnos no deben llegar a creer que situarse ante una pantalla de ordenador es suficiente para asimilar todo lo necesario de un programa curricular. Hay que atender, sobre todo, a las indicaciones del profesor, hay que repasar conceptos, hay que ejercitar procedimientos, hay que poner de uno mismo; en una palabra, hay que esforzarse.
En la Comunidad de Madrid se han dado pasos adelante para fortalecer el sistema educativo: la Ley de Autoridad del Profesor, el programa de escuelas bilingües, el de excelencia para alumnos aventajados (que ha de ser un estímulo para todos: padres, alumnos y educadores). Es un comienzo de agradecer.Los sindicatos que convocan la huelga en la Enseñanza vienen defendiendo a sus liberados, que no pierden un euro a no ser que comuniquen a sus respectivos institutos que se declaran huelguistas. El recorte en liberados sindicales era una necesidad a gritos; había demasiados rascándose la barriga, que son los que en el fondo han quitado los puestos a los interinos al reincorporarse a las clases. Ni más ni menos. Todo el mundo agradece la estabilidad laboral para alimentar a sus familias, y nadie merecería pasar por penurias, pero la interinidad es un servicio con que cuenta la Administración para tapar bajas laborales, no algo sólido. Supongamos que existiera en Educación la alternativa de personal laboral contratado (como en la escuela concertada y privada); serían educadores con contratos por obra y servicio, como sucede en las empresas, y por tanto, susceptibles de no ser renovados, o incluso de ser despedidos, en momentos de crisis. Y al efecto poco cambiaría.

La huelga es un sistema legítimo de protesta, que no obstante no se debe consolidar salvo que se desee regalar dinero a la Administración, y que ésta, encima, se frote las manos. Existen otras fórmulas: la manifestación, la prensa (que da una de cal y otra de arena, y no sabe a quién defender), la huelga a la japonesa… Hay que ganarse el respeto y el apoyo de los padres de los alumnos y del resto de la sociedad, y nunca remar demasiado tiempo contra el viento. Como todo tiene su cara y su cruz, en las marchas y concentraciones lo mismo vale un roto que un descosido: ahí se plantan los radicales del Sindicato de Estudiantes, que van pidiendo --viento en popa y a río revuelto…-- la abolición de la PAU, que deja fuera “a miles de no admitidos”, según ellos, así como un “subsidio indefinido de 1.100 euros al mes para todos los parados hasta encontrar un empleo”; es decir, hasta que a lo mejor uno se canse de mirar al techo en casa y ya se decida, por aburrimiento, a trabajar algo. Hay dinero, pero no se debe regalar sin ciertas condiciones de puro y noble sentido común. Como tampoco hay que dilapidarlo en edificios inútiles y sin terminar, en proyectos faraónicos o innecesarios, o en agujeros negros que ni dejan escapar la silueta del irresponsable. O se recupera y se afianza la seriedad de la clase política y sindical hispana, o esto se va a hacer puñetas como el Ruedo de Valle-Inclán, proa “a Chafarinas con todos y un barreno en el barco que los lleve”.
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miércoles, 6 de abril de 2011

LITERATURA HISPANOAMERICANA: EL "BOOM".

--Estimados compañer@s:

Aquí os presento un montaje desde Slideboom de 33 diapositivas sobre "La narrativa hispanoamericana del Boom".

Ha quedado bastante digno. Que os guste.

Saludos cordiales a tod@s.

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